Un alivio en verdad provisional, para mi estado, lo encontré
en la trágica historia de la camarada Pitovskaya, a principios del otoña de
1935. La Pitovskaya, que trabajaba en la Sección de escuelas del Comité
Regional, era una de las personas que habían llevado consigo hasta los años
treinta todas las maneras y costumbres del periodo de la guerra civil, del cual
Pliniak decía: “ Los bolcheviques,
chaquetas de cuero, actitud enérgica”.
No recuerdo su nombre. Pero nadie la llamaba nunca por el
nombre. ¡La Pitovskaya! Se le podía confiar un montón de trabajo del partido,
suficiente para cuatro personas. Se le podía pedir dinero prestado y no
devolvérselo. Incluso se le podía tomar un poco el pelo. No se ofendía nunca
con un camarada del partido. Era una persona que consideraba realmente el
partido como una gran familia. Llena por naturaleza, de abnegación, oprimía su
escrupulosa conciencia con un constante sentimiento de culpa hacia el partido.
Culpa por el hecho de que Donzov, su marido, había votado en 1927, por la
oposición. La Pitovskaya amaba
tiernamente a su marido, pero condenaba con severidad su pasado. Con palabras
elementales, trataba incluso de explicar
a su hijo de cinco años la grave culpa que había cometido su padre con
respecto al partido. Exigía del marido
que se “templase en la fragua
proletaria”, de hecho no le permitía
vivir en una gran ciudad como Kazan y lo obligaba a trabajar en calidad de
operario en el taller de reparaciones navales de Zelenodolsk.
Hacia finales del verano de 1935 empezaron a detener a todos
aquellos que en el pasado habían apoyado a la oposición. Entonces nadie
imaginaba que clase de actos iban ejecutándose
según un plan bien determinado, sin tener para nada en consideración lo que en realidad hubieran hecho los individuos
pertenecientes a la categoría destinada a ser quitada de en medio. Y quien
menos podía imaginárselo era la Pitovskaya.
Cuando en plena noche, los del Comisariado del Pueblo para
asuntos internos vinieron a llevarse a Donzov, que había ido de Zelenodolsk a Kazán
para pasar el domingo aquí, la Pitovskaya fue protagonista de una escena de
tragedia antigua. Su corazón, naturalmente, se desgarro de dolor por la suerte
de su amado marido, padre de su hijo. Pero domino este dolo y exclamo
patéticamente:
- ¡Conque me engañaba!... ¡Se había puesto contra el
partido!
Sonriendo vagamente uno de los esbirros barboto:
-Dale su ropa
Se negó a hacerlo para un “enemigo del pueblo”. Cuando
Donzov, para despedirse, se acercó a la camita de su dormido, ella se plantó ante
el lecho:
-¡Mi hijo no tiene padre!
Luego estrecho las manos de los hombres y les juros que su
hijo seria educado en el espíritu de fidelidad al partido.
Todo eso me lo conto ella misma. Hay que excluir por
completo hasta el más pequeño elemento de cálculo e hipocresía en el
comportamiento de la Pitovskaya. Por absurdos que parezcan, todos sus actos
estaban dictados por el impulso sincero de un alma ingenua, rígidamente
entregada a los ideales de su combativa juventud. La idea de la posibilidad de
una degeneración, de la existencia de bellacos sedientos de poder, la idea de
la perfidia, no podía hallar lugar en su corazón, puro y sin sospecha.
Al día siguiente de la detención de Donzov, la Pitovskaya
fue suspendida de su empleo en el Comité Regional. No tenía oficia; por lo
demás, aunque lo hubiese tenido, difícilmente habría podido hallar una
ocupación, porque en su cartilla persona habían escrito la formula “despedida
pro relación con un enemigo del partido”. Por el mismo motivo no tardó en ser expulsada
del partido. Le di mi abrigo y el dinero del billete para Moscú, adonde se dirigió
para obtener la readmisión en el partido. Pero no lo consiguió.
De vuelta en Kazán, trabajo una breve temporada como
operaria en la fábrica de máquinas de escribir, pero se hirió en la mano
derecha.
Llego a no tener nada que comer. Echaron a su hijo del
jardín de infancia. La gente poco a poco le retiro el saludo. Cuando venía a
vernos la reconocíamos por la discreta y
vacilante llamada del timbre. La
tranquilizábamos le dábamos de comer. Luego mi marido me hizo notar que yo
también era una sospechosa y que “mis relaciones con la Pitovskaya”, influirían
en la buena marcha de mis asuntos. Me atormentaba el deseo instintivo de ayudar
a una buena camarada, una comunista fiel, chocaba con el abyecto temor de que
Beilin y Maljuta tuvieran conocimiento de las visitas cotidianas de la
Pitovskaya. Me harían pedazos pensé.
Pero la Pitovskaya dejo de venir a vernos. Paso un día y
otro y otro más. Al cuarto día supimos que después de haber enviado una carta a
Stalin, llena de expresiones de amor y fidelidad, había bebido un vaso de ácido
ascético. En una nota escrita antes de morir no culpaba a nadie, lo consideraba
todo un malentendido y suplicaba que la tuviesen por una comunista.
Siguieron el féretro su hijo de cinco años, la mujer de la
limpieza del Comité Regional, a quien la difunta había prestado dinero muchas
veces y dos o tres ex camaradas temerarios.
Cuando vi su mísero túmulo sin una cruz, ni una estrella, me
dije: “No yo no hare eso; luchare para
conservar mi vida; que me maten, si pueden pero sin mi ayuda”.
En otoño Beilin y Maljuta tomaron una decisión: una severa
admonición con advertencia por actitud conciliador a hacia elementos hostiles,
y se me prohibía, además continuar con mi actividad docente.
Del libro de Eugenia Ginzburg “El vértigo”.
El sueño de la razon produce monstruos. Este relato sucedio en los tiempos del terror Stalinista, pero demuestra bien a las claras, la clase de inhumanidad y sectarismo inflingido en toda una sociedad. Hoy en España seguimos con no tanta virulencia pero por la misma senda del odio y el sectarismo. O es que ETA no fue y es un simbolo de lo mas terrible del Odio Sectario de Stalin. Hoy los INDEPENDENTISTAS DE TODA LAYA siguen adorando al Dios Stalinista. Muy descrito magistralemtne Eugenia Gizburg, hay muchos Sectarios hoy en España que darian su vida por el Dios moderno Stalinista.

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